Inicio / La Cornucopia de la Risa / Antología / Humor Escrito

 
 

De: OTROVA GOMAS

"MI PERSONAJE INOLVIDABLE"

Blanca y esbelta. Madura sin dejar de tener el candor que le acompañó desde su adolescencia, conocí a mi personaje inolvidable el día en que partió mi padre.

Seductora e irresistible, de dientes blancos y ojos ambiguos de un negro profundo, al verla por vez primera dejó en mis quince años ese temor de ser suyo que despertaba en todos su única presencia.

Con su rostro coqueto, de mirada fija y la sonrisa que reflejaba un increíble dominio de sí misma, pasó a mi lado dejando atrás la compulsión incontrolable de su extraño perfume mezcla de todas las flores de aquella mañana. Y yo, sintiendo en mis entrañas la sensación de incertidumbre que producen en un niño mujeres como ella, apenas si me atreví a mirarla en el silencio de mi angustia.

Después de aquel primer encuentro volví a ver a mi personaje inolvidable en algunas tardes trágicas en que ninguno de los dos se atrevió a acercarse al otro. La timidez de mis años mozos o tal vez la indiferencia que yo le producía entonces impidió que algo naciera entre nosotros.

Una noche, muy fugazmente y bajo las sombras la vi tan cerca de mí, que casi la poseo en un ataque de locura que habría sido el final de todo, pero su naturaleza de mujer consciente supo evitarme a tiempo. Me rechazó con esa delicadeza que siempre tuvo y ni besarla pude dejándome sumido en una dolorosa herida. Desde entonces quedé más apegado que nunca a su recuerdo. Exhalación de mujer que me marcó con tan profunda huella, no sé si por la solemnidad de su imperecedera esencia o el temor de mi acongojado espíritu.

Después dejé de verla. Pasó mucho tiempo sin que su sonrisa de raro encanto apareciera en el loco aventurar de mi naciente historia. Sólo que en algunas noches horribles de mi mayor tormento la vi entre sueños, acariciando mi cuerpo todo y dándome el beso que jamás me había brindado. Confieso que la llamé muchas veces. Y en el horrible padecer de mis peores horas, sabía que ella, sólo ella, siempre blanca y pura, tranquila y con sus manos de mujer experta podría darme el alivio que en el lecho no pudieron otras. Aún cuando no la tuve nunca, nunca dejó de ser mi compañera.

Fui siempre admirador de todos sus retratos. Los observaba para verla mejor en todos sus detalles, aprendiéndome las líneas de su cuerpo para no sorprenderme tanto el día del rencuentro. Debo decir que en todos reflejaba siempre ese aire de única altivez y femenina excelencia tan difícil de encontrar en este mundo.

Algo aparte ha sido su amor por mi persona. Un aprecio, confieso que aún no lo ha mostrado, pero estoy seguro de que es amor y no es hoja que el viento se ha llevado. Está presente y ni el devenir de las cosas ni el variar de las circunstancias le hará perder ni el más mínimo recodo. Transcurrirán los años. Muchos veranos y gélidos inviernos, pero con su paso más aún ella me querrá y nada cambiará ni un ápice el firme e inconmovible cuanto más justo deseo que me tiene, porque ella, mi personaje inolvidable, se me había olvidado decirles señores que es la muerte.

 
  arriba  
 

De: Gabriel Jiménez Eman

"ÚLTIMA CARTA DE AMBROSE BIERCE"

Esta es la última carta que te escribo. No porque quiera sino porque materialmente no puedo hacerte otra. La tinta está tan cara, lo sé, y tampoco ahora fabrican los lápices que me gustan. Ya no hay cuadernos como los de antes, muy anchos de páginas blancas y suaves. Las estampillas han subido mucho, pero de cualquier modo ahora no las necesito, ni siquiera un sobre para meter la carta cuando esté terminada, porque en verdad ahora lo urgente es el tiempo, se acaba el tiempo y todavía no he empezado a escribir todas las cosas que debo decirte, aunque me exijo un enorme esfuerzo para mover las manos y sacarme el lápiz y el papel que llevo en los bolsillos.

Me cuesta solamente intentarlo, pero todo estará recompensado sabiendo que leerás mi carta como si fuese la primera misiva de amor que te envié desde aquella ciudad remota cuyo nombre olvidé; además en este instante todo se me borra en la memoria debido a la escasez del aire y a cierta incomodidad que no debiera representar un problema en un momento tan importante para nosotros como éste.

También me apena molestarte porque debes ser tú la que debe venir a buscar la carta, pues a mí me da vergüenza presentarme con esta corbata y este traje negro que no me pertenecen. Perdóname, desde el comienzo no he hecho más que lamentarme y hay tantas otras cosas en las cuales no es justo culparte de nada, pero has debido fijarte bien, cuando me viste en la cama no estaba muerto sino dormido, y delante de ti me atraparon y me metieron en este ataúd donde me cuesta mucho escribirte porque no hay luz y es bastante incómodo gritar en esta posición y sin el aire suficiente para rogarte que me saques de aquí.

ANTES DE TIEMPO

Suena el teléfono. Atala lo toma.

- ¿Atala?

- ¿Sí?

- Te habla Fernando; quiero decirte que no me siento bien.

- ¿Fernando? ¿Qué quieres decir?

- Soy yo, Atala, créeme. Siento que voy a morir.

- Pero Fernando… tú estás muerto. Recién ayer te enterramos.

- No es cierto, Atala. Tú estás matándome ahora. Sólo que tengo un día de retraso. Perdóname por haberte avisado tarde.

- No te preocupes, Fernando, y ponme atención, creo que estás haciéndolo con anticipación. Ya no tendremos que enterrarte mañana...

- Que comprensiva eres –dijo Fernando.

Después expiró.

EL SOÑANTE

Esa noche casi no durmió pensando que debía levantarse temprano para tomar el avión. Sufrió unos terribles períodos de duermevela que le hicieron una noche informe, llena de bruscos sobresaltos. Sin embargo, a la hora precisa –seis de la mañana- estuvo puntualmente en el aeropuerto.

Entró al avión, y todavía cansado, se acomodó en el asiento a dormir y soñó que después de una noche llena de sobresaltos había despertado apresuradamente a tomar el avión. No llegó a tiempo; en esos momentos su avión despegaba, y sin saber porqué le hizo una estúpida seña de despedida.

Agarró nuevamente sus maletas y volvió a su habitación. Dejó el equipaje al lado de la cama, se recostó, cerró los ojos y esta vez no soñó con aviones ni nada parecido, simplemente no soñó nada o no se recordaba, pero sí se levantó un poco más calmado con la impresión de haber dormido mucho, se lavó la cara, se peinó, y salió a la calle a comprar el periódico.

La primera página del diario anunciaba un accidente aéreo. En esos momentos tomaba café y la noticia le produjo curiosidad, después de cierto asombro, y a medida que iba leyendo un desagradable sopor se le iba acumulando en la piel. Pude haberme matado, pensó, éste era el avión donde debí partir, estoy vivo de milagro.

Se fue al aeropuerto con el diario en la mano a comprobar la noticia y le dijeron:

- Aquí no ha habido accidentes, señor. Usted debe estar soñando.

Inmediatamente se dio cuenta que era cierto, que sí estaba soñando, y despertó justo cuando toda la tripulación se iba definitivamente en picada.

 
 
  arriba