El desmesurado
crecimiento del SIDA y el exceso
de libertad de las mujeres de ahora, ha llevado
a regresar a un control más estricto de sus
posibles aventuras amorosas clandestinas. Para ello,
nada mejor que regresar al uso de los prácticos
y casi desechados cinturones de castidad.
Como es obvio,
los cambios de la modernidad y la ploriferación
de la ganzúa como instrumento diario de trabajo
del movimiento obrero-delictivo, ha hecho necesario
modificar el concepto del viejo cinturón
de la edad media fundamentado en cerraduras. Las
nuevas tecnologías, así como la mejor
disposición femenina para que su pareja confié
en ella, nos ha llevado a diseñar este novedoso
cinturón que consta de tres fases protectoras:
1) Área
publicitaria, en la cual se destaca una
fotografía con la cara de pocos amigos del
dueño de esa zona de la dama
2) Zona
electrizada, que protege el oscuro objeto
del deseo con un detector eléctrico de alto
voltaje similar al utilizado para rechazar delincuentes
y
3) Zona
de corte y rebanado, basado en la pequeña
guillotina para cortar la punta de los habanos.
Si al ver la cara
del dueño del territorio, el invasor no se
amedrenta y trata de continuar, el detector eléctrico
determina la presencia de intrusos y lanza una fuerte
descarga para hacerle retroceder. Si aún
insiste sin importarle la chamuscada y trata de
avanzar, solo podrá hacerlo a través
de la mini guillotina. Esta se encuentra colocada
justo en el sitio crítico del pecado y provista
de un ojo electrónico que apenas detecta
que la están atravesando se cierra y rebana
al objeto penetrante.
El cinturón
se atasca con velcro, pero si tratan de quitárselo
sin la clave, suelta un corrientazo y activa la
alarma que suena durante dos días.
Para mujeres
muy tremendas existe un modelo que en lugar de descarga
de batería se puede enchufar a corriente
de 220 voltios con conexión vía satélite.
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