PRECIO: Bs. 40,00 LIBRO: EL CASO DE LA ARAÑA DE CINCO PATAS La
presente novela versa sobre el clásico triángulo amoroso.
La trama se desarrolla en un idílico paisaje pastoral, en donde
el muchacho, un apuesto lógico profesional al servicio de la policía,
parte de un extraño suicidio para descubrir la siniestra red criminal
que pretende liquidar a la heroína. Ella es una mujer joven, muy
rica y llena de apetitosos encantos, que a consecuencia de las trampas
y las torvas manipulaciones de los que la manejan, es dejada casi en la
miseria, desmoralizada, completamente enferma y aquejada de terribles
males de los que a duras penas podrá recuperarse. El complemento
del trío es la muerte, burlona, sonriente y como siempre segura
de sí misma, quien durante todos los capítulos del espeluznante
drama juega al escondido, y sobándose las manos acecha oculta en
todos los rincones. PUBLICO RECOMENDABLE: Personas de 17 a 59 años con sentido humor negro. No es ideal para personas con tendencia a la depresión o intentos fallidos de suicidio. COEFECIENTE INTELECTUAL NECESARIO: Puede leerlo cualquiera pero no es conveniente hacerlo con menos de 120. FORMA DE LECTURA: Solo y acostado. Mejor en la noche. Desconecte el teléfono y no le conteste a otras personas que traten de distraerlo mientras está leyendo. TIEMPO: De tres a cuatro horas continuas. EXTRACTOS: CAPITULO
IX
Podría decirse que prácticamente despertamos de una pesadilla. Aquella multitud que minutos antes estuvo delirante ante la muerte, de pronto empezó a disgregarse con cierta pesadumbre. Los que instantes atrás gritaban entusiasmados aupando los lanzamientos, ahora con las cabezas inclinadas se alejaban del precipicio entristecidos. Sólo se oían sordos comentarios en voz baja. Aunque había el predominio absoluto del murmullo, en aquella acumulación de palabras incomprensibles, me pareció escuchar con toda claridad cuando alguien comentó que muy pronto había una asamblea en el Club de las Colinas para tratar la polémica proposición del llamado grupo "Los cobardes", quienes incapaces de matarse, exigían el derecho a ser enterrados vivos. La gente se movilizaba lentamente en pequeños corrillos que se dirigían hacia la carretera o hacia las angostas trochas en donde habían estacionado los vehículos. Helena y yo, conscientes de que todo había terminado, no tuvimos temor de mezclarnos en el grupo que ahora se disolvía. Si bien algunos rostros mostraban huellas de cansancio y cierto desasosiego, en la totalidad de aquellas personas se notaba abiertamente que habían disfrutado con gran intensidad del espectáculo. Ya completamente mimetizados con la masa humana, arrastré a toda prisa a la muchacha, dirigiéndome hacia donde se encontraba Suárez Ligo temiendo que se me escapara. Lamentablemente no teníamos auto y la persecución dependía exclusivamente de un largo paquete que yo traía agarrado bajo el brazo. Sin soltar a Helena me abrí paso entre la gente, y le dije: - No pierdas de vista la camioneta roja, tenemos que seguirla. - ¿Pero cómo? -preguntó ella-. No trajimos carro, debemos esperar de nuevo un taxi. - No te preocupes- le respondí mostrándole el paquete. - ¿Qué es? Te lo pregunté cuando salimos del apartamento y no me contestaste -reclamó Helena-. ¿No puedes vivir sin tus misterios? - No te angusties, esto es más efectivo que un carro- dije, apresurando el paso. Cuando la volví a arrastrar ya tenía completamente localizada la camioneta de la Federación de Suicidas. Suárez Ligo estaba rodeado por varias decenas de personas que querían hablarle, mientras él trataba de responderle a cada uno, y junto con los cinco acólitos que ya habían guardado las mesas y los bidones, se fue retirando paulatinamente hacia el vehículo. Al final, después de un gran esfuerzo lograron meterse en su interior, y lo fueron sacando muy lentamente hacia la carretera para no arrollar a la gente que le seguía. Helena y yo permanecimos escondidos tras unos arbustos cerca de la cuneta, y al ver que ya estaban muy cerca de nosotros le hice una seña con el brazo. -¿Y ahora?- dijo ella mirándome. En ese instante abrí el paquete con cuidado y le mostré su contenido. Cuando vio lo que había adentro ella abrió la boca sorprendida. - ¿Qué es eso?- preguntó visiblemente perturbada. - ¿No lo ves? Una tabla- patineta. - ¿Pero…qué piensas hacer con eso? - Bueno, seguir a Suárez Ligo. - ¿Pero, tú estás loco?- exclamó casi malhumorada. - No, soy campeón de tabla-patineta, no te preocupes, tú tranquila. La muchacha se resistía a responderme, y no le faltaba razón. Si se considera que la Colonia Tovar, el pequeño pueblito campesino perdido en lo alto de la montaña, estaba a 1.800 metros de altura sobre la ciudad a donde se suponía que debíamos regresar, calculando los sesenta kilómetros de carretera que los separan, eso significa una pendiente de veintitrés grados de inclinación. Lo suficiente como para pensar que en aquel frágil aparato se volvía una vía sin parada hacia la muerte. Con los brazos cruzados en un gesto de absoluto rechazo a acompañarme, apenas dijo: - Te irás tú solo. Sonreí demostrándole que comprendía su inquietud, pero a pesar de ello me sentía seguro de mis habilidades en el manejo de la plancha. Había competido en San Cristóbal, en San Francisco, en Saint Moritz, y realmente me consideraba un campeón. Nunca en los más complejos y dificultosos descensos había sufrido el menor percance. La velocidad, en juego con un extraordinario dominio de mis reflejos siempre me había dado el control absoluto en las pistas inclinadas. Por unos instantes pensé en buscar otra fórmula de seguir la camioneta para que ella no se disgustara, pero observando la bajada sentí ese agradable cosquilleo de la emoción. Abstrayéndome de su actitud, le di varias vueltas a las ruedas para confirmar que las rolineras estaban en perfecto estado, y sin decir ni una palabra coloqué la plancha en el piso estirándole la mano. La muchacha poseída por el pánico me miró con sus inmensos ojos verdes completamente abiertos y echó los brazos hacia atrás, rechazándome de nuevo. - Estás loco, yo no me monto en eso. La miré con gravedad, y advirtiendo que ya la camioneta se había perdido de vista, tomé la decisión de imponerme ante el riesgo de que el hombre se escapara. Sin que Helena se diera cuenta, ya estaba montada en la parte trasera de la ancha tabla y se apretó a mi cintura. Sentí en la piel el calor de su cuerpo penetrándome por todas las células y la suave sensación de sus dos senos clavados en mi espalda me estremeció. Pero para ese instante ya estábamos rodando. Le di el impulso inicial con el pie al improvisado vehículo y pude apreciar el aire frío de la montaña, que me penetró suavemente en los pulmones, acelerado ahora por la caída de mi propio peso en ruta a la pendiente. Era una plancha fuerte, una Rostkerberg extra-ancha de fibra de vidrio reforzada con rolineras Mundelfag de alta presión. El ruido de las ruedas de plástico duro al pasar sobre el asfalto humedecido nos retumbaba en el cerebro, pero a medida que rodábamos se fue volviendo imperceptible. En cuestión de segundos aumentó la bajada. A pesar de ello le di otro impulso y entré en una pronunciada curva. El peso de Helena todavía me restaba velocidad, pero yo me mantenía totalmente sobre el aparato, apenas cambiando la posición del cuerpo para encontrar mejor el equilibrio. Pasamos una docena de vehículos de los observadores de la inmolación de los filósofos que ya habían arrancado del lugar. Nos vieron pasar un poco extrañados, pero seguían lentamente, casi en fila india por efecto de las curvas. Aún no se divisaba el auto de Suárez Ligo que me había tomado bastante delantera. A pesar del esfuerzo que representaba otra persona sobre la patineta, el agradable calor del cuerpo de Helena me producía una extraordinaria sensación de bienestar. Súbitamente la vía de asfalto se transformó en una enorme bajada, y el sencillo vehículo se lanzó tras su inclinación, avanzando cada vez más aprisa. Viendo que era la primera prueba fuerte, moví ligeramente la cabeza hacia atrás y le dije a Helena: -Agárrate, que esto empieza a ponerse bueno. -¡Qué locura!- dijo ella y se apretó a mi cuerpo como un gato cuando lo van a lanzar al agua. En efecto, el vehículo empezó a desplazarse peligrosamente sin que nada lo pudiera detener. Saqué un pie para probar el freno, pero sentí que el roce casi quemó la suela sin afectar en nada la caída. El rápido descenso me permitió dominar el balance de los dos cuerpos y mi cintura y las piernas incansables, se movían como unos cojinetes mecánicos buscando siempre la posición ideal. El cuerpo de la muchacha seguía adherido por el fuerte abrazo, y el aire frío me penetraba aún más intensamente en los pulmones. Realmente en ese instante estaba completamente poseído por el pacer del vértigo. La carretera nuevamente empezó a llenarse de curvas, obligándome a hacer esfuerzos sobrehumanos para no caernos, y en ese instante, pude divisar la camioneta roja en una recta a la distancia. Traté una vez más de sacar el pie para acelerar, pero el intento no produjo resultado alguno, la tabla ya se deslizaba sobre las ruedas a casi ochenta kilómetros por hora. Caíamos en otro declive más pronunciado y al percatarme de que el aumento de velocidad ya se estaba volviendo excesivamente peligroso, dije: -Aprétate duro, que ahora sí empieza la bajada. Ella, poseída por el terror no se atrevió a pronunciar palabras. Allí fue cuando empezamos a correr en serio. Por la rapidez con que dejábamos atrás los árboles y las montañas del paisaje, deduje que en cuestión de segundos alcanzaríamos los ciento veinte kilómetros por hora. El peso de los dos cuerpos en la tabla nos impulsó sin control, dejando atrás el vehículo de Suárez Ligo, quien seguro que al vernos pasar pensó que éramos miembros de sus hordas que practicaban una forma de suicidio ingenuo. Helena, con los ojos cerrados y la cabeza completamente clavada en mi cuello casi no respiraba por el miedo. Pude sentir como su corazón latía aceleradamente con la misma premura que el de un conejo preso de la ansiedad cuando lo persiguen. La muchacha emitió unos susurros ininteligibles entre los que juraría que profirió una fea maldición, pero yo estaba demasiado concentrado para estar pendiente de ella. Aunque sabía que era sumamente peligroso, empecé a culebrear para sacarle el máximo de celeridad a la tabla y al mismo tiempo balancear el cuerpo. Estaba consciente de que caerse era una muerte segura, pero me olvidé de Suárez Ligo y empecé a disfrutar del placer de rodar como un enloquecido. Pasamos la estación de policía en la entrada alta de El Junquito a ciento cincuenta kilómetros por hora, cruzando el puesto de alcabala como una exhalación indefinible que dejó la boca abierta de los sorprendidos guardias apostados en la pequeña caseta. El viento y la neblina cerrada me cortaban la cara, dificultándome mantener los ojos abiertos y la velocidad aumentaba a cada instante en aquella masa desbocada sobre ruedas. Volví a tratar de frenar para ver si aún mantenía el dominio de la situación, pero era inútil, ya estábamos completamente en manos de la ley de gravedad. Cuando entramos en el pueblo, los vecinos nos miraron asombrados. Por desgracia una mujer cargando en la cabeza una cesta llena de chicharrones y empanadas de cochino se cruzó en nuestro camino. Para no caerme, me agaché al máximo y abrí los dos codos de manera de sacármela de encima en caso de que la tropezara, y así ocurrió. Fue casi un ligero roce, pero sentí la dureza de su cuerpo al interceptarlo. Luego del milimétrico encontronazo volteé hacia atrás y la vi volando por los aires con su fatídica carga de colesterol que quedó regada por todas partes ante sus asombrados ojos. Era tal la imagen de nuestra repentina aparición, que atrás de nosotros se quedó la materia indeleble con la que se construyen esas leyendas increíbles que luego los pueblos se trasmiten de generación en generación a través del paso de los siglos. En pleno descenso pasamos las casas y la siguiente alcabala y más tarde los hoteles que están situados en uno de los márgenes de la carretera. Helena casi llorando me rogaba que parase, pero no me atreví a decirle que eso ya era imposible y que estábamos en manos de la suerte. Maldije por no haber previsto el grado de declive tan pronunciado de la bajada, y al escuchar que la muchacha empezó a rezar como una niña, yo decidí encomendarme a San Moruto Mártir, el patrono de los golpes en el cráneo. (*) -ooOoo- Lo que vino después era de esperarse. Hice todos los intentos serios y responsables que se pueden hacer para detener una patineta enloquecida. Usé mis profundos conocimientos de malabarismo y aproveché mi dominio de las ciencias esotéricas, puse en juego toda la práctica acumulada por más de veinte años desplazándome sobre metras, patines, patinetas y sobre todo tipo de rolineras, y hasta prometí enmendarme y empezar a pagar religiosamente mis impuestos si aquello se detenía. Al final invoqué el poder de los extraterrestres y quemé las dos suelas de los zapatos, dejándome los pies en carne viva por el roce, pero fue inútil. La patineta sólo se paró cuando llegó a una suerte de explanada en donde se atenúa la pendiente y antes se levantaba una venta de golfeados. Lo hicimos a ochenta kilómetros por hora, contra la vidriera del mostrador de la que otrora fuese una próspera un pujante panadería. En aquel instante preciso, caímos desplomados como dos pájaros heridos por un mismo tiro y en el encontronazo hicimos volar por los aires la bicoca de cuatrocientos golfeados, doscientos cachitos de jamón y seiscientos bollos de pan de todos los tamaños. En el ambiente quedaron regados tres portugueses, diez litros de chicha, un galón de carato de acupe, tres bandejas de queso de mano y una infinidad de chucherías empaquetadas. No sólo tuvimos que ser llevados al hospital de El Pescozón, sino que desgraciadamente, por aquel inesperado desenlace perdí la pista del terrible Suárez Ligo. (*) En la santería popular este santo ha hecho increíbles milagros a centenares de motociclistas, muchos de los cuales les prenden velas y cirios, y a quien sus desoladas madres veneran con ramilletes de flores negras. A objeto de enriquecer un poco la cultura religiosa de los lectores, en el apéndice Nº 4 del libro, se anexan gratuitamente varias oraciones y encomiendas a este práctico santo, así como a San Publio, patrono del golpe en la rodilla y a San Judas Mequetrefe, el patrono de la caída de boca.
|
||||
|
|
||||