Confesiones, Invenciones y Malas Intenciones
PRECIO: 60,oo Bs.

LIBRO: CONFESIONES, INVENCIONES Y MALAS INTENCIONES La primera parte de este libro ha sido concebida como un rompecabezas: cada texto de las Confesiones constituye en si una pieza clave para obtener la imagen global de un estado existencial muy propio de nuestro tiempo. El paisaje de la interioridad es formado por historias insólitas, pero profundamente sentidas por el autor, y que sin duda reflejan el pensamiento de todo aquel que haya vivido con el cerebro y el corazón estos complejos años de fin de siglo. Las Invenciones y las Malas intenciones son una serie de sorpresas que transcurren a velocidad relámpago, dejándonos a flor de piel la sonrisa y la reflexión que acompañan a toda obra humorística de altura.

PUBLICO RECOMENDABLE: Personas de 18 a 77 años con gusto por la literatura de humor.

COEFECIENTE INTELECTUAL NECESARIO: de 100 a 180

FORMA DE LECTURA: Solo y sentado, preferiblemente en pijamas y con los pies descansando en un cojín.

TIEMPO: 4 horas para disfrutarlo y poderlo entender.

EXTRACTOS:

FIESTA DE CELULARES

-Aló, ¿Carlos? soy yo, Freddy,¿Cómo está la cosa?….Aló…….aló..¿me oyes?

-Sí, te oigo, ¿qué tal?

-Mira, hablé con la gente y están interesados en los terrenos… aló.. ¿me oyes?

-Sí……sí….

-Quieren reunirse mañana.. aló…aló… ¡Qué broma!… aló.. ¿me escuchas?…. que va, se cortó… bueno, déjame volver a llamar…. ¿Aló? ¿Carlos?

-Sí, te escucho, se cortó.

-Sí, se cortó, entonces la gente está de acuerdo en reunirse mañana, tienes que llevar... aló... aló ¿me oyes? ¡qué vaina!... aló, tienes que llevar... aló... ¡maldita sea!... se volvió a cortar...bueno, marcaré otra vez... aló...

-Ahora sí te oigo.

-Claro pendejo, volví a marcar… mira, quedamos en tener una reunión con ellos mañana, tienes que llevar los planos del terreno y es muy importante que …. aló…..

-¿Caralampio?, ¿eres tú?

-Señora, está ligado…. corte…. ¿Carlos me oyes?

-Caralampio, ¿Caralampio?

-Señora está ligado…. aló…. aló ¡increíble, ahora se cortó otra vez…! ¿Cómo es que es el número? 5…4…5…6..56… ¿Aló? ¿Carlos?

-Sí, se volvió a cortar.

-Es que estos aparatos no sirven para nada, bueno, rápidamente, tienes que llevar los planos… aló… aló…¡Coño! ¿Otra vez? no puede ser… aló, ¿me oyes?

-Sí, te oigo, lejos pero te oigo, habla más fuerte.

-QUE TIENES QUE LLEVAR LOS PLANOS Y LO MÁS IMPORTANTE!
¡ALÓ!…¿ESCUCHAS

-¡Sí, pero no grites tanto!

-Bueno, que le digas al perito que lo más importante es que… ¿Cómo?, ¿qué no me oyes nada? ¡Qué mierda ! y lo peor es que esta vaina me la van a cobrar … aló… ¿aló?… que va, se cortó…. bueno, paciencia, usemos el recall ¿Carlos?

-Sí, no te oía, pero ahora te oigo muy bien…

-Esto es increíble vale, bueno que el perito lleve…. aló…… ahora soy yo el que no escucho…

-Yo sí te oigo pero muy mal.

-No te oigo casi… aló.

-Yo sí……

-Ahora te oigo mejor.

-¡Cómo, ahora yo no oigo nada?…. aló.

-Caralampio, ¿eres tú?

-Señora cuelgue que está ligado.

-Aló ¿Freddy?, me oyes?

-Caralampio, ¿me escuchas?

-Está ligado señora, cuelgue por favor…

-Yo no cuelgo nada, corte Ud. yo estoy llamando a mi esposo….. Caralampio ¡yo sé que tú estás ahí……. respóndeme Caralampio.

-Que vaina, Aló, Carlos, ¿Me oyes?

-No, no te oigo casi…sólo a la señora ..aló….ahora sí.

-Okey, que le digas al perito que… aló….

-Caralampio, háblame…

-¡Coño ´e la madre!, no puede ser… aló….. ¿Carlos me oyes?

-Te oigo a veces, ¿Tú eres el que está haciendo un ruidito, así como un murmullo eléctrico?

-Que murmullo, ¡marico!, es este maldito aparato que no sirve para un carajo.

-¿Qué pasa con ese carajo?

-¡Coño!, ¡el celular!, que no sirve para nada…-No te oigo vale…. aló…que vaina.

-Señor deje la grosería, Caralampio ¿me oyes? No te escondas, yo sé que tú me estás oyendo.

-Qué maldición, se volvió a ligar y ahora se fue la onda …aló …. ya ni tengo batería, este país es una mierda.

-Caralampio …no te escondas … Caralampio ….. respóndeme ….ya vas a ver ….esto no me lo haces tú a mí ……yo sé que tú estás en una movida.


LA BATALLA POR EL FLUORISTÁN

Nada me apasiona tanto entre los ritos cotidianos, como el desafío de un tubo de pasta de dientes cuando se está acabando. Desde hace mucho tiempo, ya en los días de la infancia, pasando por la próspera época del cuatrotreinta y de la abundancia recadiana, siempre me sentí tentado a demostrar, tanto a las grandes transnacionales que nos limpian la boca, como a mis familiares incrédulos, como a mí mismo y a los abanderados de la paranoia consumista, que no obstante una apariencia de vacío, a todo tubo de pasta de dientes que se ha acabado siempre se le puede exprimir más, bajo el amparo de no me acuerdo cuál de las leyes de la termodinámica.

El inicio de esta batalla silenciosa y casi siempre sin audiencia suele comenzar con una presión complementaria de los dedos sobre el tubo cuando éste da la sensación de estar fofo y sin aliento. Unas semanas más tarde, en el instante en que las malvadas maquinaciones del fabricante nos llevan a pensar que se llegó al vacío absoluto, a mí se me agudiza el espíritu de combate. Es el momento de comenzar a ejercer las primeras presiones serias sobre el endeble cucurucho plástico, y tomándolo con firmeza empiezo a apretarlo entre la mano y el borde del lavamanos; en esa etapa, aún sencilla y que no requiere de esfuerzos especiales, debo contenerme para no vaciarlo completamente, ya que ante las primeras presiones la crema suele desbordarse generosa y sin control. Este período debe considerarse como el más importante en el aprovechamiento de un recurso artificial no renovable, el cual con inteligencia y el espíritu de ahorro de un monje budista catalán de origen judío se puede prolongar hasta por dos semanas.

Cuando ya el recipiente ha sido bien apretado por todos lados, constato que en la parte superior del tubo y por las rosas de la tapita se ha concentrado suficiente pasta como para limpiarme por un mes, administrando así le peligrosa tentación de derroche que suelen producir los grandes triunfos económicos. Para la época en que los más comedidos de los miembros de mi familia ya van por dos tubos de pasta nuevos, el mío empieza a dar las primeras apariencias de un real agotamiento, pero es allí cuando se inicia la auténtica contienda: vuelvo a empezar a apretar desde atrás, pero esta vez doblando el tubo sobre sí mismo, milímetro a milímetro auxiliado con un alicate de presión; de tal forma se da inicio al lento pero productivo proceso de extracción de los residuales pesados del dentífrico que aún producen pasta para tres días.

Concluido este tramo de la lucha, cuando el tubo de tanto apretarlo ha quedado como billetico de vieja, lo desenrollo cuidadosamente, lo abro por detrás, y con una espátula muy finita o un pequeño destornillador de lentes, empiezo a sacarle pequeños residuos de crema que aún me mantienen el cepillo lleno por diez días extras. Entonces he llegado al momento de mayor trascendencia para el afianzamiento de mi fe en las posibilidades de la voluntad humana cuando se propone metas imposibles, es la hora de iniciar el proceso de arrase total de la materia dentrífica por la cual he pagado mi dinero: tomando el ya tantas veces martirizado recipiente, lo coloco sobre una mesa y con un movimiento firme de las manos le introduzco un bisturí por el trasero abriéndolo en dos como si fuera una flor. Allí, indefensa y sometida a los martirios de la luz para la que no fueron preparadas, aparecen regadas en las dos láminas de plástico las últimas adherencias fluorisadas, las que por varios días voy raspando directamente con el cepillo hasta ver que ya no queda absolutamente nada. Es entonces cuando empiezo a pensar en la casi inevitable necesidad de comprarme otro tubo, el cual sin duda, durante casi un año habrá de producirme nuevos retos e inconmensurables sensaciones de alegría.

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