Fabricantes de Sonrisas

 

PRECIO: Bs. 80,00 c/u (2 Tomos)

LIBRO: FABRICANTES DE SONRISAS

Una agradable selección de prosa humorística de las figuras clásicas del humor venezolano desde los años sesenta. Autores de la talla de Cabrujas, Salvador Garmendia, Isabel Allende y Anibal Nazoa, entre muchas otras, nos ofrecen lo mejor de su pluma jocosa acompañado de un breve comentario y las divertidas fotos tomadas por el autor de la antología.

Tomo1: Humoristas Contemporaneos.

Tomo2: Humoristas Venezolanos.

PUBLICO RECOMENDABLE: Personas de 20 a 80 años amantes de la literatura humorística.

COEFECIENTE INTELECTUAL NECESARIO: de 100 a 120

FORMA DE LECTURA: Solo y sentado.

TIEMPO: De tres a 4 horas continuas.

EXTRACTOS:

PROLOGO

Aunque de por sí toda antología es pecaminosa, este florilegio de autores humorísticos podría estar lleno de pecados mortales. En primer lugar, peca en la selección, ya que realmente el libro nace de un ejercicio fotográfico. Expresamente se limitó a algunos escritores de este género a los que tuve ocasión de retratar para la serie "Fabricantes de sonrisas", seleccionada para la VIII Exposición Anual del Libro y la Fotografía de la Biblioteca Nacional de Venezuela; esto, evidentemente lo vuelve discriminatorio al no incluir a excelentes humoristas venezolanos que no se enfrentaron al lente de la cámara. En segundo lugar, la obra se redujo al humor en prosa, básicamente por razones de unidad en la forma, excluyendo por tanto a figuras como la de Pedro León Zapata, no al caricaturista, sino al conferencista que ha hecho delirar a sus escuchas en incontables disertaciones; a Kotepa Delgado, poeta y cronista de humor de primer orden; a Luis Muñoz Tébar (Lumute), el fecundo libretista de radio y televisión, y a otros importantes humoristas de estos medios y del ámbito teatral. En tercer lugar, la selección pecó de injusta al no incluir el trabajo de prosistas que se han orientado básicamente a escribir crónicas políticas o de actualidad, las que sólo son cabalmente comprensibles en el momento en que se desarrollan los acontecimientos.

De allí que con esta antología no se pretende hacer la historia de la literatura humorística venezolana contemporánea -incluso se incluyen dos figuras chilenas íntimamente ligadas al país durante gran parte de su vida, como es el caso de Isabel Allende y Mahfud Massís-, más bien el objeto principal del trabajo ha sido dar una muestra representativa de este género, a través de autores de gran acogida por parte del público lector venezolano durante los últimos veinte años. Como se podrá constatar, la selección comprende una gran variedad de estilos, que van desde las formas más finas y sutiles de la ironía, a las sátiras abiertamente jocosas que arrancan la espontánea sonrisa del lector.

Hecha esta advertencia preliminar, debemos señalar que es posible que la presente recopilación también cumpla con una función distinta a la del placer de leer escritos de humor; al ofrecerse una muestra bastante representativa de lo que se ha publicado en el país de este género, tal vez se reivindique el valor literario que tiene la prosa humorística, una de las áreas menos estudiada en el ámbito cultural venezolano.

Una vez introducido en la lectura de los textos, el lector acucioso podrá constatar que el proceso creativo humorístico no es simple. Está formado por dos vertientes muy definidas que son condición sine qua non de su existencia; por un lado, la innata cualidad del escritor para expresar lo cómico, tal como lo constituyen la aptitud poética o la plástica, y por el otro, una especial capacidad de análisis de la realidad, que son las que dan esa tremenda fuerza de impacto que caracteriza al verbo jocoso. Pero lo que es interesante acotar, es que el escritor de humor, al igual que el caricaturista no desvaloriza y produce comicidad como un simple ejercicio formal; él es una suerte de testigo trágico del mundo; su meta -consciente o inconsciente- es reveladora y sistemática. Integra los hilos secretos de la existencia, auxiliado con un conocimiento emocional y una indagación intuitiva que le son propias. En el análisis del humorista se descompone un fenómeno social que se había presentado encubierto de tabúes, prejuicios falsedades e hipocresías. Cuidadosamente, y en una operación de alta cirugía, corta con la hoja disectora la capa de los convencionalismos y desnuda el trasfondo, volviéndolo gracioso, peregrino o terriblemente cruel. Para lograrlo con eficacia se necesita no sólo de una buena dosis de sensibilidad social, requiere por igual de una fantasía capaz de destruir y de crear, es decir de la habilidad de quebrar la forma convencional y ofrecer un resultado intelectual nuevo y sorprendente.

Al hacer un estudio de las formas de lo cómico encontramos que su área es amplia, va desde el chiste, esa realización perfecta del humor, rápida, y de fácil comprensión universal, en el cual la forma fugaz logra con una extraordinaria economía de medios revelar un mensaje oculto en el inconsciente, pasa por el complejo mundo de la ironía, la cual por su esencia más elaborada lleva un recado pedagógico profundo, a veces engañador y elitesco, y concluye en el humorismo, que coloca a lo cómico en la categoría de organización racional, vertiéndolo en un sistema unificador de todo lo que existe en la naturaleza. Ontológicamente, aún sin proponérselo, su lucidez se coloca más allá del bien y del mal, y su análisis, completamente maquinado, aunque lleve una carga nihilista, irrespetuosa o cruel, tiene una clara intencionalidad vengadora. Podríamos decir que aspira a resistir la verdad fuera de los parámetros convencionalmente aceptados.

Aunque algunos consideran al humorismo como una forma de lo filosófico, por esa capacidad que tiene de indagar la realidad haciéndola aflorar sin la mixtificación cotidiana, sin duda que también es una técnica. Su mecanismo creador se afirma como un sistema revelador de errores, de mediocridades, vicios y prejuicios. Es el arte de integrar los conexos a través de la exploración fantástica del mundo. Su resultado sin duda que es peligroso, ya que puede ser demasiado ofensivo. Toda desvalorización es criminal para las instituciones, sin que tenga importancia la veracidad o la falsedad del contenido destructivo. De allí la desconfianza y el temor que produce el humorista para el orden establecido. Su palabra puede ser un explosivo que compromete la estructura formal de los intereses creados, y ninguna escala axiológica después que toma el poder acepta revoluciones, ni terroristas, ni anarquistas. Sus cambios requieren de un proceso lento. Exigen no sólo años, sino siglos, y siempre a regañadientes, hasta que se olvide por completo de la memoria colectiva el peso del orden derogado.

El peligro del humorista es que puede ser un acelerador. Como crítico y combatiente incansable, suele socavar las bases donde encuentra la debilidad del sistema. Se alimenta de los contrastes entre la verdad y el absurdo y le saca provecho a la ruptura del equilibrio. Enemigo del dogma, para temor de muchos exige demasiadas libertades. De allí que su obra puede suministrar gracia, resolver vacíos metafísicos o cumplir una labor de vengador social, pero al mismo tiempo suele tornarse en una burla insoportable. El nihilismo, el irrespeto o una verdad política que no sea la oficial, por lo general no suelen perdonarse en ninguna sociedad encaminada hacia el logro de un fin preestablecido.

Pero tampoco podemos decir que siempre el humorista es un descarriado. Sin ser vocero oficial -lo que desnaturalizaría su carácter-, muchas veces su juego dialéctico es aceptable. Básicamente cuando desenmascara situaciones intimistas, angustias personales, temas cotidianos. En esos instantes, la imaginación al servicio de la risa pura y desinteresada es un arte colectivamente placentero. Las cosas sencillas son atrapadas y presentadas como una cadena de anécdotas risibles o situaciones absurdas y aparentemente descabelladas. Lo que es cierto, es que en ambos casos, en el del anarquista espiritual, o en el del cronista juguetón y amable, está presente la misma habilidad de enfocar el mundo con un lente bastante fuera del común. De ella están hechas las siguientes narraciones.


LA NOVELA LICENCIOSA
Autor: Aníbal Nazoa

La novela licenciosa es, en sentido estricto, la novela de los excesos de la carne. Se habla de ella como de un género de definitivamente pasado de moda, pero eso no pasa de ser un truco inventado por los mercaderes del vicio para continuar ofreciendo su mercadería nefasta en las narices de las autoridades competentes. La verdad es que, aparte de que diariamente se producen y se venden decenas de reimpresiones de las obras clásicas del género, los autores contemporáneos se dedican a la literatura licenciosa con el mismo entusiasmo de sus abuelos. Lo que pasa es que ellos le han dado a esta clase de novelas una serie de denominaciones, más o menos sofisticadas que tienen el doble objetivo de despistar a la autoridad y ayudar a los lectores a librarse del sentimiento de culpa que tales lecturas suelen producir en el individuo. Pero en el fondo siguen siendo las mismas novelitas de antes, tan licenciosas, tan burdas y sobre todo tan cursis como de costumbre.

Hemos dicho al principio que la novela licenciosa es la novela de los excesos de la carne, y esa es la clase del asunto: carne y más carne. De manera que en este caso las explicaciones técnicas sobran; para lograr una buena novela licenciosa, sólo tiene usted que tomar los mismos personajes de la novela rosa y, dejando intacta su cursilería inmarcesible, despojarlos de sus buenos sentimientos para revestirlos de una indecencia y una brutalidad que se expresa a través de la locura de la carne. Carne, carne, carne, eso es todo. Échele carne a su novela rosa, lea nuestro ejemplo y considérese de una vez un maestro de la novela licenciosa.

CAPÍTULO IX

La baronesa de Montgelé, poseída por el demonio de la carne, gruñía y lanzaba murmullos ininteligibles que iban a morir en el rico artesonado de la estancia, voces entrecortadas que los gobelinos cómplices acallaban bajo la discreta luz de la fastuosa lámpara de cristal de Bohemia. Ella sólo vivía por la carne y para la carne, su boca estremecida sólo demandaba carne, como un diabólico ser moribundo que rechaza el agua de la samaritana porque aún en vida quiere empezar a saborear los fuegos y las lavas del Averno. A su lado, desorbitado y sudoroso ante aquella montaña de carne sonrosada, palpitante, jugosa, el marqués de Chantepleure era un león de la Libia enardecido por la opulencia de su víctima. Chispas lanzaban sus ojos, espumarajos sus labios, todo él hermosamente horrible, si cabe la hermosura entre las cualidades de tan cruel asesino. Él muerde, ella muerde, vosotros quisierais morder en el presente de indicativo de aquella feroz conjugación carnívora. Dientes que se hincan con ansia demente, ya triscan con ternura de cervato o rechinan en la furia de un mordisco frustrado.

Dos, tres, cuatro horas ha durado la bárbara ceremonia de la carne…¡Y pensar que todo había comenzado tan recatadamente! Ella había pedido un steak de lomo; él, un modesto guisado de ternera. De allí pasaron al solomillo, luego ordenaron dos chateaubriands y unas costillas con vino de Burdeos. Mediada la noche se decidieron por un sirloin steak y al calor del Beaujolais quisieron probar un filet mignon. Se juraron mutuamente detenerse en el solomo a la Arlesiana, pero no pudieron resistir la tentación de las brochetas de cordero. Él quiso verla a ella hincar las perlas de su boca en un churrasco de dos kilos y ella a él tragando un bistec a la tártara al compás de su manzana de Adán. Cuando se les acabó el repertorio, pidieron al maitre que les trajera un ejemplar del Pequeño Larousse Ilustrado para consultar aquella parte donde aparece la figura de un buey con los diferentes tipos de carne señalados por líneas de puntos. Al final asombraron al público devorando una parrilla argentina al estilo pampeano, con una res entera pero sin malambo.

Jamás conoció París una pareja tan dominada por la locura de la carne: ¡La cuenta fue de seis mil luises de oro, sin contar la propina del mesero!


CALISTENIA
Autor: Eduardo Liendo

Ella lo había amado rabiosa y fielmente desde la pubertad. Primero, padeció su distancia, después lo aproximó a su cuerpo en las noches solitarias entre sofocantes delirios. En esos precipicios imaginarios llegó a conocerlo íntimamente.

La noche nupcial sólo fue para ella una natural continuación de sus viejas secretas fantasías. Pero él, que poco o nada entendía de metafísica saltó del lecho y le gritó endemoniado por los celos: "¡Maldita! Eres una mujer experimentada".

SUSPENSO

Ese astuto cojo, que sacudía violentamente un pie en el aire antes de posarlo en el piso, era el único bípedo que desconcertaba a los mosaicos.

ASFIXIA

Todo ocurrió de manera tan brusca, que no tuve tiempo de asombrarme. En la puerta me despedí de Elizabeth, con esa prueba de ternura y tedio de todos los días. Presioné el botón del ascensor. Cuando se abrió, entré sin mirar y sólo me encontré con el vacío. Fui a caer dentro de un pozo de petróleo espeso y me hundí lentamente en esa baba negra. Nadie vino en mi auxilio a pesar de los gritos; sin embargo, al final de todo, vi arriba una pareja de turistas gringos, que parecían divertirse mucho con mi situación y tomaban la que sería mi última fotografía como souvenir.


UNA HISTORIA DE AMOR DE LA ERA DEL DESASTRE
Autor: Rubén Monasterios

Era fresca la tarde que caía en Manhattan. Perdido en la muchedumbre solitaria caminaba de prisa, como todos los demás; no había, por cierto, ninguna razón para ello, pues nada tenía que hacer, nadie lo esperaba, pero era cuestión de condicionamiento de hombre urbano. Recorrió las cuadras cortas desde Madison hacia Tercera Avenida, buscando el pequeño bar donde se refugiaba por las tardes. Anticipó el placer de estar ahí, al fin relajado, como al margen de la presión de la ciudad, envuelto en su atmósfera de vagas evocaciones eduardianas, con su olor y sabor a viejo auténtico. Le gustaba ir a "Joe's Hideway" sin proyecto alguno, dejando amplio campo a la experiencia aleatoria, aunque con frecuencia no pasaba nada. Bebía sus cuatro martín dry -era su límite- en un tiempo promedio de dos horas -la duración había sido cuidadosamente medida una y otra vez- y se iba a eso de las siete, cuando el transporte colectivo se encontraba razonablemente descongestionado. En pocos minutos el autobús lo ponía en el cruce con la 96; de ahí a su casa era un paso. Bueno, lo de casa es un decir; una manera de llamar el minúsculo apartamento tipo estudio, decorado nada menos que por Sally Wells, la diseñadora de moda entre la clase ascendente; todo muy apropiado para un típico ejecutivo junior soltero norteamericano. Un apartamento arrendado, sea dicho de paso, porque si bien ganaba suficiente para darse ciertos discretos lujos, sus ingresos no alcanzaban para invertir en bienes inmuebles.

La percibió en el curso del segundo sorbo de su martini; le gustó su estilo; le pareció deliciosa la manera informal como tomaba la aceituna con la punta de sus dedos y la mordía perezosamente en uno de sus extremos. Sintiéndose atisbada la muchacha le deparó una mirada rápida y volvió a concentrarse en su trago, pero él creyó percibir en su rostro el celaje de una sonrisa. Tenía una bonita melena castaña y rasgos faciales bien proporcionados; la grupa, destacaba por su posición pedestre en el banco de la barra, lucía sugestiva. Transcurrió algún tiempo y seguía sola; tuvo lugar otro intercambio de miradas, ahora un tanto más cálido; ello, y el segundo martini, le dieron ánimo para el abordaje. Los dos bebían lo mismo, feliz coincidencia que podía servir de punto de partida, y así fue.

Con el cuarto martini charlaban animadamente. El tiempo voló y llegó una hora adecuada para cenar; la invitó a un restaurante italiano próximo al bar de Joe. Durante la cena, como por obra del azar, las manos se rozaron una y otra vez y terminaron, al fin, entrelazadas. En un rincón sombrío, mientras esperaban un taxi, se dieron el primer, beso húmedo y profundo. No hubo resistencia ni algún melindre de parte de la muchacha cuando él sugirió que tomaran la última copa en su casa; pero al llegar al minúsculo apartamento del cruce con la 96, la pasión no les dio tiempo de preparar el trago anticipado, pues apenas cruzaron el umbral y cerraron la puerta tras ellos, se enredaron en un abrazo de sinuosidades vegetales, y en el sofá -que tampoco se ocuparon de abrir para transformarlo en cama- y a medias desvestidos, consumaron su primera entrega. Después volvieron a hacer el amor, pero con calma y sosiego, recreándose en sutilezas y exquisiteces. Cada uno bebió del otro en todas las fuentes y así varias veces cumplieron el tránsito hacia la eternidad, hasta la extenuación del cuerpo y del espíritu, hasta la postración conclusiva, pasando por estados de esperanza y de miedo, de felicidad y tormento; entre lamentos y risas abrieron hacia el infinito una súplica del corazón en un mar de amor, deleitable, sin fin.

Se despertó presa de una vaga ansiedad, gracias a un rayo de sol de la primavera de Nueva York, pero ella no hacía a su lado, ni estaba en ningún otro lugar del pequeño apartamento. Se sintió confundido; buscó aquí y allá alguna señal de la presencia de esa muchacha, quizá un mensaje; nada encontró. ¡Cómo podía haberse ido así, cuando anoche parecía un dulce, tan entregada, tan enamorada? Aumentó su sentimiento de desesperanza al comprender que sólo sabía su nombre, al menos, el que ella había dicho que era su nombre, pero ni un dato más. En fin -razonó amargado- ese será su extraño juego: pasar por la vida de los hombres como un ensueño; utilizarlos para su pervertida satisfacción de una noche, y desecharlos; se sintió a sí mismo como una toallita kleenex. "Esta ciudad está llena de locos" -concluyó y se fue al baño con la disposición de afeitarse. Entonces súbitamente sintió en el fondo de su alma el helado e implacable zarpazo del horror al leer lo que estaba nítidamente escrito con lápiz labial en el espejo; era el mensaje de despedida de su amante de la noche anterior.

"WELLCOME TO THE WONDERFUL WORLD OF THE AIDS" (o sea SIDA).

 

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