Historias de la Noche

 

PRECIO: AGOTADO

LIBRO: HISTORIAS DE LA NOCHE

Este es un libro lleno de asombros. Son aventuras nacidas de la fantasía noctámbula pero cocinadas a fuego lento con un dramático condimento que el autor descubre en los hechos de cada día. Las narraciones que le constituyen están cargadas de un humor agudo y descarado, a veces cruel hasta los niveles de la exasperación, pero siendo una antología del propio autor, indudablemente que presenta una muestra definida de su personalidad literaria. Una obra prolifera en la que se mezclan el mensaje social, la agudeza del ingenio y la reflexión filosófica profunda, de allí, que la lectura de este libro constituya aun agradable pasatiempo, en el cual, sin que lo perciba de inmediato el amante de las obras de humor, le quedará marcada la profunda huella que deja la tragedia humana en todos los predios en que de alguna forma impera la sonrisa.

CONFESIONES DE UN EGOLATRA

 

El otro día me dejé de tonterías y decidí hacer un homenaje a mi persona. Convencido de mis altos méritos, de mi recta conducta ciudadana, y el especial talento para tantas y tan variadas cosas, organicé el importante evento, al cual, por razones de modestia y de principios, yo era el único invitado.

Para ello establecí un riguroso programa que imprimí en la única tarjeta, que dirigida a mí mismo establecía el orden de los actos de aquella trascendental velada: primero, el discurso introductorio en el cual se destacaban mi labor patriótica así como el extraordinario aporte a la cultura universal y a la paz y la comprensión entre los hombres. Después del discurso procedería a condecorarme con la orden de mi persona en primer grado y seguidamente haría un brindis haciendo votos por una larga y exitosa vida con tan brillante trayectoria.

En el programa se establecía que después de colocarme la cinta frente al espejo, tomaría asiento para un exquisito banquete preparado para la solemne ocasión, en el cual como invitado solitario, ocuparía el lugar de honor.

El acto se llevó a cabo a la hora prevista. Vestido de rigurosa etiqueta tomé asiento en la amplia biblioteca de mi casa, y bajo los acordes de una moderna melodía de Mozart me serví un trago de excelente whisky. Confieso que me sentía nervioso. Poco acostumbrado a los actos pomposos y a los homenajes, mordía insistentemente la boquilla de mi pipa mientras daba vueltas por la sala sonriendo amablemente cada vez que me veía en el espejo.

Cuando llegó el momento de tomar la palabra para el discurso de orden se me hizo un nudo en la garganta. No obstante, expuse de una manera magistral, plagada de inusitada sencillez y profundidad la importancia de mi labor y de mi vida. Fue una síntesis precisa de mis virtudes, de mi mágica personalidad, inteligencia y genio desbordante. Interrumpido a cada instante por mis aplausos hice especial hincapié en la graciosidad de mi varonil figura tan propia de los predestinados. Al concluir, el largo aplauso que me brindé por tan brillante pieza oratoria me obligó a inclinar varias veces la cabeza en señal de agradecimiento. Después de imponerme la condecoración me felicité sin poder ocultar el orgullo que me producía conocerme y poder disfrutar siempre de mis eminentes cualidades.

La cena fue maravillosa. De entrada me serví un cóctel de caviar rojo del Volga con salsa Bouterlied acompañado de un Pinot Bouvoir 1945 de Le Roi. Luego de una increíble sopa boullibase, degusté un inolvidable moulie de corazones de aves variadas a la Domaine, saboreando un increíble Lafite-Rothschild 1832. De postre flan kirschestrassen vienés con fresas gigantes.

Al finalizar aquella fastuosa cena me dirigí al sofá principal de la casa, y encendiendo un Montecristo acompañado de cognac Napoleón reserva especial, bajo las suaves notas del adagio de Albinoni cambié francas impresiones sobre mis dotes, mi pasado hermoso y mi prometedor futuro.

Fue un acto sencillo pero muy emotivo y lleno de verdadera sinceridad y afecto. El hecho de haber reconocido mis méritos y el aprecio bien merecido que me profeso me dejaron profundamente conmovido y lleno de honda satisfacción.

La noche culminó haciéndome un justo regalo y después de despedirme prometí homenajearme con más frecuencia, absolutamente convencido de ser, para mí, la persona más digna de tan justa pleitesía.


JAMAS VOLVERE A POMERANIA

Cuando dejé Pomerania yo sabía que me arriesgaba a que el resto de mi vida me dijeran en tono recriminatorio que había dejado Pomerania. Desde esa fecha y sin descanso a cada rato me lo sacan: "Dejaste Pomerania".

Ha sido tanto y tanto el reclamo y las preguntas de que por qué me fui de Pomerania que juro que algunas veces hasta me he arrepentido de haber dejado Pomerania.

Sinceramente creo que esa actitud de los demás frente a mi salida de Pomerania ha sido injusta. Porque no lo voy a negar, dejé Pomerania simplemente porque me cansé de vivir en Pomerania. Ya estaba harto de Pomerania. Entonces, ¿por qué no me iba a ir de Pomerania si yo no tenía nada que me atara a Pomerania? Lo que me pregunto es ¿por qué cuando una persona se va de Pomerania tiene que vivir soportando que los demás le reprochen todo el tiempo su salida de Pomerania?

Primero fue mi mujer. Eso era todas las noches: "Yo te dije que nos quedáramos en Pomerania". Después fueron mis tres hijos presionados por el repiqueteo de la madre: "Papi, tú no debiste haber salido nunca de Pomerania, hoy estaríamos todos felices en Pomerania". Mis amigos de Pomerania, los que se salieron conmigo, sólo me echaban a mí la culpa de haberse ido ellos de Pomerania: "Tú fuiste el que nos sacó de Pomerania". Los otros, los que se quedaron en Pomerania me lo escriben indefectiblemente todos los años: "Tú no tenías ninguna razón para haberte ido así de Pomerania". Incluso mi hermano, que odia a Pomerania ya me lo ha dicho tres veces: ¿Qué necesidad teníamos de habernos ido de Pomerania?

Las cosas fueron más graves cuando tuve aquellos problemas económicos. Entonces eran todos juntos: "Te hubieras quedado en Pomerania". En esa época el peor fue mi socio con su cantaleta: ¿Es que tú crees que estás en Pomerania? Y luego mi suegra con esa voz chillona que cada vez que me sentaba a la mesa gritaba: "Tú lo que eres es un loco, eso no te habría pasado en Pomerania".

Confieso que el martilleo de los demás sobre mi ida de Pomerania ya me tiene harto. Pero no quiero volver a Pomerania. Jamás volveré a Pomerania. Y no por llevarles la contraria, en absoluto. No lo haré simplemente porque en lo más íntimo de mi ser, estoy persuadido, absolutamente convencido, de que si yo no me hubiera ido de Pomerania, todos los que me recriminan el haberme ido de Pomerania hoy me estarían diciendo:

"¿Por qué te quedaste en Pomerania?"

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